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feminismo

#PlayItLoud!

Llevo mucho tiempo sin pasar por aquí, pero no quería dejar escapar la ocasión de asomarme y escribir unas cuantas líneas acerca del día que hoy se celebra, y que sin duda acaparará minutos de televisión, radio y titulares de medios escritos, y aún así no será suficiente. Porque hoy 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer.

Antes de empezar a escribir he revisado las entradas que en años anteriores he dedicado a este tema (y que podéis leer aquí y aquí) y he sentido que el enfoque que en su momento le di se queda muy, muy corto con respecto a lo que pienso y siento a día de hoy. Comparto sin dudar lo que entonces escribí, pero pienso que hay muchos, muchísimos más aspectos que deben ser considerados a la hora de darle sentido a un día como éste, más allá de la igualdad (aún no alcanzada) de derechos en el ámbito laboral que, por supuesto, merece ser luchada, y mucho.

Lo que más me entristece en estos momentos es la guerra de bandos absurda que se ha creado en torno al feminismo. La aversión que esta palabra produce en muchos hombres y, tristemente, también en muchas mujeres. Porque el feminismo no persigue más que la igualdad de derechos entre ambos como seres humanos, más allá de los aspectos obvios que nos diferencian por pertenecer a géneros distintos, pero que nunca, jamás, deberían alterar en lo más mínimo esa igualdad de derechos por la que todas y todos deberíamos estar luchando juntos, en lugar de entrar en un bucle sin fin de descalificaciones mutuas.

Porque de verdad que no entiendo que alguien se pueda creer con derecho a criticarnos ni censurarnos por tratar de desprendernos del lenguaje sexista al que cada día somos sometidas, de los micromachismos, de las bromas machistas que “va, no tienen ninguna maldad”, porque eso se ha dicho toda la vida, de los “piropos” que desconocidos estiman oportuno gritarnos por la calle, de las miradas lascivas y de los gestos obscenos e intimidatorios. Y porque nadie, nadie en el mundo tiene ningún derecho a hacernos sentir débiles por ser mujeres, a provocar que sintamos miedo, a controlarnos por querer hacernos suyas, a humillarnos, a cosificarnos y a maltratarnos, ya sea física o psicológicamente. Porque es muy triste y lamentable que, a día de hoy, en el año 2016, una juez pregunte a la víctima de una agresión sexual si cerró bien las piernas.

Y todo esto, lejos de constituir un argumento que nos haga enfrentarnos, debería convertirse en una lucha común. Creer y practicar esa igualdad, enseñar a los niños y niñas del futuro que una mujer no es un trozo de carne, que nuestro territorio no es la cocina, que los bebés no son sólo cosa nuestra, que da igual lo corta que sea nuestra falda, que los que se pelean no se desean, que los celos no son síntoma de lo mucho que nos quieren. Pero también que lo chicos sí que lloran, y que no pasa nada por ello, que el rosa no es patrimonio de las chicas, que los niños pueden jugar con muñecas, que los hombres no “ayudan” en casa, comparten tareas, que ellos también pueden ser sensibles y que los hijos son tan suyos como nuestros.

Este año no me sale felicitarnos por este día, porque aún queda mucha lucha. Pero sí quiero dar las gracias a quienes cada día ayudan a dar pasos que nos llevan a ganar cada una de las batallas de esa igualdad que el feminismo persigue. A ellas, y también a ellos. A todas las personas que entienden que la igualdad es una lucha común cuyo fin es la no discriminación en ningún aspecto por cuestiones de sexo.

Antes de despedirme os dejo el link al genial discurso que Emma Watson pronunció hace ya algún tiempo en las Naciones Unidas. Si no lo habéis visto os animo, y mucho, a dedicarle unos minutos y espero, de corazón, que sintáis que estamos juntos en esta lucha en la que todos somos muy necesarios.

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